Los cantautores están en el barrio

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Foto: Kike Rincón

Ayer Ismael Serrano estaba sensiblón. No es para menos. Se sentía devolviendo el favor a su público, a su Vallekas que tanto le dio siempre.
Fue un anfitrión de esos que dan la sorpresa con el postre pero que demuestra su maestría en todos los platos…aunque los ingredientes los compre otro. Soñó, programó, recibió, organizó y puso el mejor mantel a una mesa que tenía huellas de haber visto muchas cenas.

Cumplió la eterna promesa de los amigos que se quieren mucho y se venpoco: “tenemos que quedar y hacer algo grande”. Y lo hicieron. Vaya que si lo hicieron. ¡Estos pibes son de los de palabra!

Primero Serrano, luego Aute, Silvio y luego llegó Luis, y llegó para recordar que los cantautores no se habían ido a ninguna parte. Al menos ellos. Entre plato y plato – y pidiendo permiso al anfitrión aunque no lo necesitara- sirvió una copa de vino bueno y se fumó un cigarrillo para degustar, aún más si cabe, el festín. Y reflexionó en alto: “¿Qué fue de los cantautores? preguntan con aire extraño cada cuatro o cinco años despistados periodistas que nos perdieron la pista y enterraron nuestra voz. Y así vamos para treinta con la pregunta de marras tocándonos los cojones. Me tomen nota señores que no lo repito más: […] aquí me tienen señores como en mis tiempos mejores dando al cante que es lo mío. Y aunque en invierno haga frío me queda la primavera, un abril para la espera y un grandola en el corazón”.

Tenía razón. Ahí le teníamos a él. Y a ellos. Y no estaban los que ahora son “diputados, directores, presidentes, concejales, profesores, mánagers y productores o ejercen asesoría en la Sociedad de Autores”.

No queriendo robarle ni un minuto más a su Silvio, Pastor se replegó a fumarse otro cigarro…y otro más, pues fueron cuatro horas y media de recital.

Con los últimos acordes que sonaron a “bis” y a “Ojalá” a Vallekas le faltó una canción conjunta para despedir. No hubo chupito ni puro pero sí abrazo y un “vuelva usted mañana que ésto solo acaba de empezar”.

Y cuando cada uno puso rumbo a su casa se quedó toda la vajilla para fregar pero los platos bien rebañados. Ya en la puerta la despedida fue: “ojalá que la lluvia deje de ser milagro”.

Ojalá.

 

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